Redactora: Marta López
“He sido y soy una víctima, pero ahora que tengo voz,
mi sueño es luchar por aquellas que no la tienen.”
Llego a Madrid a las 12 del mediodía y quedamos a la salida del metro; es un día lluvioso por lo que me invita a su casa para estar tranquilas. Me ofrece un té similar al que hacen en su país y lo tomamos sentadas en la alfombra de su habitación, con la tenue iluminación de una lámpara y el gris lluvioso que entraba por la ventana, descalzas y riéndonos mientras me pregunta por mi historia (y mis sueños).
Ahora es su turno, enciendo la grabadora.
“Cuéntame, ¿cuál es tu historia?”
Le da un sorbo al té y se coloca de rodillas mirando a la ventana.
La protagonista es del norte de Afganistán, abogada política y activista, trabajaba con mujeres y con niños huérfanos en una oficina en Kabul, capital de Afganistán.
Cuenta que vivió la llegada del régimen talibán al poder, y sin dudar, lo relata.
El 15 de agosto de 2021 estaba trabajando en la oficina cuando de pronto comenzó a escuchar voces de gente llorando y pidiendo ayuda. Al salir del despacho y mirar por la ventana vio cómo hombres con barbas largas y vestidos de manera diferente estaban ocupando Kabul y enfrentándose a la población.
“Nunca lo olvidaré, está grabado en mi memoria”.
Lo dice mientras juega nerviosa con sus manos, aprieta sus dedos y cambia su mirada de la ventana hacia mí.
Me explica que ese día fue uno de los más duros de su vida, no tenía donde esconderse y no paraba de pensar en que iban a matarla a ella y a sus compañeros. Trabajaba con hombres en la misma oficina, además de ser abogada política y activista, tres razones por las que irían a por ella y sus compañeros.
Gracias a la ayuda de unos militares lograron esconderse en un almacén, un sitio algo más seguro. Allí pasó casi una semana, sin contacto con su familia, sin salir, sin comida. Hasta que se puso el burka y salió a ver a su familia y pudo hablar con ellos y contar lo que estaba pasando en el país.
Tras cuatro o cinco meses en los que siguió con su vida con mucho cuidado, se presentaron los talibanes a “inspeccionar”, quiénes eran, qué hacían, con quiénes trabajaban, quién les financiaba, absolutamente todo. Y sobre todo, por qué mujeres y hombres trabajaban juntos.
Ella se enfrentó y ellos le dieron un ultimátum; la oportunidad de que cambiase de opinión y aceptara las condiciones y normas que su gobierno le imponía; si no era así, “tendría una difícil situación con ellos”.
Lo habló con su familia y les avisó de que iba a tener una dura temporada porque no iba a dejar su lucha. Durante este tiempo recibía llamadas en las que le amenazaban, le acosaban, diciéndole que la matarían, que irían a por ella.
Por ser mujer, por ser abogada política y luchar por sus derechos y que los demás tengan los suyos, por compartir espacio de trabajo con hombres.
Tras unos veinte días tuvo que ceder, firmó un papel con ellos en el que aceptaba y prometía cumplir lo que la Ley Sharia y el apartheid de género contenían.
“Lo firmé con mucho dolor en mi corazón. Pero necesitaba volar y seguir en este mundo”.
Intentó emigrar a Pakistán y la primera vez no lo logró, necesitaba un permiso de una figura masculina familiar.
Al segundo intento lo logró: llegó a Pakistán sola, sin tener dónde dormir, cómo comer.
Se quedó en un lugar donde acogían inmigrantes y allí estuvo tres meses hasta que:
“Alhamdulillah, llegué a España, nunca olvidaré a Inma, una periodista que conocí y me puso en contacto con María José, han sido unos ángeles en mi vida y siempre estarán dentro de mi corazón”
María José es co-fundadora de Netwomening: ella junto al equipo de voluntarias que forman la asociación le dieron la mano y la apoyaron en el proceso ante la embajada española; le dieron acompañamiento para reconstruir su nueva vida, apoyo emocional, consejo ante las dificultades en su nuevo país, clases de español, etc.
Es decir, le tendieron la mano para retomar sus sueños, tal vez más despacio, con más procesos que pasar y cosas nuevas que aprender, pero no están solas. Además, ha conocido a otras chicas en su misma situación, no está sola.
La joven vió que tenía una nueva oportunidad para retomar sus sueños, que podía volver a soñar y ser la mujer luchadora que su ser le pide. Sabía que sería duro, sin familia, empezar a construir una vida de cero.
“¿Sabes?”-me dice- ”de pequeña, con 14 años, quería ser profesora o periodista. Me ponía los vestidos largos de mi madre y sus tacones y me miraba al espejo y practicaba cómo hablar delante de mucha gente; me encantaba”.
En la grabación, en este momento se escucha un silencio y risas por lo bajo, le muestro mi piel de gallina y las lágrimas temblando en mis ojos, y veo cómo ella tiene los ojos llenos de brillo, brillo de soñar, de ilusión, de sentir que es libre.
“Mi madre me contaba cómo era Afganistán hace 40 años y todo era maravilloso, era una vida libre: pero yo veía como nunca lo había visto, a una mujer que no tenía que ir con la cabeza agachada, que no tenía que evitar el contacto visual con los hombres”
“Las mujeres no tenemos la culpa de los pensamientos del hombre al vernos”.
La vida en Afganistán siempre hubo dificultades, pero con la llegada del régimen talibán todo fue a peor.
“Yo tenía sueños de ir a la universidad, de tener estudios y el saber, de luchar por mis derechos sin miedo, siempre con ganas de luchar. Le decía a mi madre: mamá, tienes que apoyarme y ayudarme a que vaya a la universidad, es mi derecho y decido cogerlo y quiero que lo aceptes y estés a mi lado.
Siempre estaré agradecida a mi madre porque siempre estuvo a mi lado y me apoyó”.
La miro y veo a una mujer poderosa, con ganas de comerse el mundo, que tiene las cosas muy claras. Hay muchas personas que no pueden expresar cómo están, ni qué sienten, y ella siente que su misión en la vida es ayudar a que puedan expresarse.
Su personalidad luchadora es contagiosa.
“A una niña con sueños en Afganistán le diría que luche, que luche por sus sueños. Mi sueño es luchar por los suyos”.
Quiere seguir aquí, en España, conseguir su sitio y poder abrir puertas a mujeres como se las abrieron a ella; que se escuchen las voces y que en su país las mujeres puedan ser mujeres soñadoras. Recalca: “quiero coger las manos de las mujeres y las niñas y poder luchar por ellas”.
Finalmente, tras un abrazo, interrumpir la grabación y seguir con el té, y una conversación más íntima. Le pido que me regale una frase persa y ella escribe:
الله کافیست
«Dios es suficiente”,
me recalca que luche por mis sueños y siga mi camino libremente; y, desde hoy, trabaje por ellos.
Lo único en lo que puedo pensar es en que es sólo un testimonio de miles e incluso millones de personas y mujeres que han pasado y están pasando por esto. Pero el mundo calla y mira hacia otro lado.
No quiero mirar más a otro lado.








