Redactora: María Cobo Albusac
El pasado 23 de junio, Bruselas volvió a sentarse con el régimen talibán. Era la primera reunión de este tipo desde que los talibanes retomaron el poder en Afganistán en 2021 y, aunque la Comisión Europea insiste en definirla como una “reunión técnica”, resulta difícil ignorar la dimensión política y simbólica que conlleva.
Según las instituciones europeas, el objetivo era coordinar cuestiones relacionadas con la gestión migratoria y el retorno de personas solicitantes de asilo desde países como Alemania o Bélgica. Sin embargo, esta decisión plantea una pregunta inevitable: ¿dónde quedan los derechos de las mujeres afganas?
Hablar con un régimen no implica necesariamente reconocerlo. La diplomacia exige, en ocasiones, mantener canales abiertos incluso con gobiernos profundamente cuestionados. Pero cuando ese diálogo se desarrolla sin que la situación de las mujeres ocupe un lugar central, el mensaje que se transmite es inquietante: la seguridad y el control migratorio parecen haber desplazado la defensa de los derechos humanos como prioridad.
Desde 2021, las mujeres y las niñas afganas han sido privadas progresivamente de derechos fundamentales. Se les ha prohibido acceder a la educación secundaria y universitaria, se ha restringido su acceso al empleo, se ha limitado su presencia en los espacios públicos y se han impuesto normas que las relegan prácticamente a la invisibilidad. En las últimas semanas, además, han trascendido nuevas imágenes de castigos públicos contra mujeres y continúan adaptándose medidas que agravan su situación y reducen aún más su autonomía.
Europa fue, hace apenas unos años, un referente para miles de mujeres afganas que buscaban protección y esperanza. Hoy, sin embargo, corre el riesgo de transmitir que existen derechos cuya defensa puede quedar relegada cuando entran en juego otros intereses estratégicos.
Precisamente por ello, distintas organizaciones y mujeres de diferentes partes del mundo han alzado la voz tras la reunión celebrada en Bruselas. Entre ellas se encuentra Netwomening, que en los últimos días ha impulsado encuentros con diversas asociaciones para denunciar esta situación y reclamar que las mujeres afganas vuelvan a ocupar el lugar que nunca debieron perder en la agenda internacional. De ese compromiso nace la campaña We Raise Our Voice, una iniciativa que reivindica su dignidad, su libertad y sus derechos.
Mientras las mujeres afganas siguen siendo borradas del espacio público, Europa no puede permitirse contribuir a que también desaparezcan del debate político. El silencio nunca es neutral.




